
Ella estaba solitaria, pensando, que nunca llegaría el amor, no le interesaba de momento ninguna relación. Salio del templo, aspiro el aire fresco de la noche, que acababa de tender sus sombras, haciendo lucir las lámparas de la plaza, donde el kiosco se llenaba de notas producidas por el siempre grupo de música del pueblo, que el gobierno municipal ofrendaba a sus habitantes como serenata todos los jueves y los domingos. En esa plaza, que había sido testigo de casi todos los enamoramientos del lugar.
En eso llegó una amiga y le preguntó por su cuñada, que era amiga inseparable de ella, le contestó: - no se, no la he visto, pero si quiere veremos si anda en la plaza-.
Era domingo y la plaza estaba atestada de gente entre papeles de colores y flores aromáticas. Ahí se seguía un ritual muy viejo, que se perdía en la noche del tiempo. En la orilla se formaba una valla de jóvenes, Lugo adentro una ronda de chicas caminaban tomadas del brazo en sentido contrario de las manecillas del reloj, para luego otra ronda de hombres jóvenes girar en sentido contrario dejando a las damas en el centro y encontrarse en dos punto equidistantes en la vuelta completa, pero más adentro estaba otra ronda de jovencitas girando en el sentido opuesto y en el centro estaban las bancas junto a los jardines, que rodeaban el kiosco lleno de música. En estas bancas se sentaban quienes solo disfrutaban de la algarabía de la gente o quienes tenían novio o novia para platicar con comodidad y placidamente.
Era pintoresco el ambiente, pues el piso se solía llenar de confeti (papel de colores cortado en rueditas y serpentinas de papeles de colores que los jóvenes graciosamente enrollaban en el cuerpo de la joven que les atraía. Solía haber, quienes vendían gardenias flor blanca de un olor exquisito o claveles rojos a los jóvenes varones, que se las ofrendaban a la chica que le gustaba. Ahí se cruzaban miradas, se cruzaban sonrisas cuando el joven era correspondido y que marcaba el indicio, de que se podía acercar a solicitar caminar en compañía de la joven moza.
Primero se pararon en un punto, para ver si pasaba la cuñada dando la vuelta, no pasó entonces se metieron a dar una media vuelta para ver si la encontraban sentada en alguna banca, en ese inter. Una lluvia de papel de colores le enredo los hombros como símbolo de enlazar una posible amistad o requerimiento de noviazgo. Ella se sorprendió, porque en lo que menos pensaba en ese instante era precisamente en el amor.
Llega un joven muy caballeroso y con mucho respeto se dirige a ella –señorita ¿la puedo acompañar a dar la vuelta?- lo siento –dijo ella- pero me retiro en la siguiente esquina, entonces a donde valla la puedo acompañar -dijo él- lo siento de verdad, pero me retiro a casa -contesto ella- pues la acompaño hasta su casa si me lo permite -dijo él- su amiga no cesaba de insinuarle, un tanto en forma discreta, que le aceptara.
Era un chico extraño, se salía de lo común, pues todos llegaban con desenfado, como quien se siente seguro de si mismo y que será bien recibido aunque no sea cierto y hablando directo como si te conocieran de años. Te acompañaban aun sin tu permiso haciéndose los graciosos para ser bien recibidos. Este chico era totalmente distinto, se aferraba a cualquier opción, pero con un decoro y respeto total, pero sin soltar la prenda del objetivo.
Ella pensó y se dijo así misma ¿de donde saldría este chico, que parece de los cuentos de la edad media donde se llega con tanta deferencia? Su amiga insistía en que lo aceptara y ella un tanto confundida y presionada accedió, en parte para evitar que se diera él cuenta de lo que decía su amiga y en parte por esa curiosidad de saber quien era tan singular caballero que le trataba con tanta ceremonia. Dice el dicho que la curiosidad mato al gato. Y sí, que ella tenía curiosidad.
Caminaron calles arriba de la pequeña población, por esas calles muy antiguas, que se habían hecho, para que pasaran caballos y a lo sumo algún carro tirado por los mismos. Callejuelas angostas y sin dirección adecuada, ya que la mayoría eran un tanto retorcidas y angostas. En el camino se separo la amiga y se fue por su lado. Ella y él continuaron hasta estar cerca de la casa de ella, se despidieron, no sin antes pedirle a ella su nombre y dar el suyo, también le pidió su dirección, ya que como él estudiaba en la Universidad en la capital del estado pretendía escribirle, ella se lo balbuceo y continúo hasta entrar a su casa.
Se celebraban las fechas patrias por esos entonces y él tenía vacaciones en la universidad, así que le preguntó si se podían ver al día siguiente, a lo que ella contesto que no, porque tenia ensayo en una pequeña obra de teatro que estaban montando.
El lunes cuando ella salio de su ensayo, se encontró, que un poco más arriba de la calle en el hueco de la puerta de un billar se encontraba él esperando verla pasar cuando saliera de su ensayo. Le acompaño de nuevo a su casa. En el trayecto le preguntó si podía ser su novia. Ella le miro a los ojos y le dijo: con una condición -¿Cuál?- contesto él –que si te enfadas de mí o dejo de importarte me lo dirás de frente –dijo ella- lo mismo va para ti –dijo él- Esto se consideró un trato de honor entre ambos. Se despidieron antes de llegar a la entrada de su casa. Ahí comenzó toda una historia de amor.
Años después, él confesó, que el día más feliz de su vida, había sido cuando ella lo aceptó.
Sus huellas quedaron en todos los rincones de la plaza cómplice de los enamorados, donde cupido hace de las suyas sin ton ni son. Justo ahí donde siempre se escuchaban las notas de la música y la fragancia de las flores impregnaban el ambiente incitando al romance y al amor.
El aroma de sus cuerpos se huele por doquier, el néctar de sus pensamientos se quedó impreso en las mentes del lugar. La luna y las estrella, que alumbraban las callejuelas, vibraban con su presencia… que ya no esta. Las farolas de la plaza despiden el incienso de su fulgor y recuerdan a estos dos. Los árboles, que eran cómplices de sus reuniones donde ambos iban a leer y estudiar aprendieron el lenguaje de las letras que ellos utilizaban bajo su sombra y las inspiran a los demás.
Esta cita de amor sin programar, se realizó y dejó una trayectoria imborrable
Querido lector ¿Por qué, el destino te pone en el lugar justo donde encontraras a quien será una pieza importante en tu vida, aunque no la esperes en ese momento marcándote una ruta?
Creo que se tendrá que mantener abiertos a lo que la vida te presenta aunque no se espere
¿No cree usted?
Celia Rivera Gutiérrez
Cd. Obregón Sonora, México
15 de enero del 2009





