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Soy una persona inquieta, que ama la vida en toda su extensión de la palabra y disfruta escribiendo lo que percibe de ella, saboreando cada palmo de lo vivido. soy terapeuta holistico.

martes, 7 de julio de 2009

EL TALIBAN

El prieto había llegado al barrio acompañado de una dama de largas piernas, esbelta, de rostro color canela, ojos soñadores, pelo largo que la hacia ver muy femenina, y con una licenciatura de psicología. La cual decía que siempre es bueno tener un compañero con uno, según la psicología que había estudiado y en la que se había graduado

El prieto tenia su pelo oscuro y brillante, su cuerpo mediano, ni pequeño ni grande. Feroz como un león y dulce como el pan. Eso dependía de la ocasión y los personajes que jugaran el papel con respecto a lo que el amaba y resguardaba.

Era muy curioso y le gustaba estar al tanto de lo que sucedía a su alrededor, además le encantaba la amistad y la defendía a capa y espada aunque en ello le fuera la vida. Sus dientes eran blancos y contrastaba con su color oscuro. Hizo buenas migas con el güero que era su vecino. Era interesante verlos juntos, uno a cada lado de la reja, juntos y sin mezclar, como el yin y yang oriental en perfecto equilibrio. El güero y el prieto eran buenos amigos mientras no mediaran faldas entre ambos, pues el prieto se jactaba de ser el favorito de las damas y el que poblaría su territorio. El Güero si deseaba tener relación con una dama se las tendría que ver con el prieto. Cuando el negro o Prieto tomaba el papel de mosquetero para defender lo que consideraba debía hacerlo, parecía que podía comerse vivo a quien se le pusiera enfrente. Pero cuando veía la nobleza en el rostro de las personas y la caricia suave y fidedigna, se podían jugar con él como si fuera un muñeco de trapo inerte. Se dejaba hacer lo que quisieran sin respingo alguno y sus ojos transpiraban amor y ternura. A los niños les encantaba jalarle las orejas y él se dejaba.

Un día enfermó… y a la señora psicóloga lo único que se le ocurrió fue deshacerse de él y echarlo a la calle. Un vecino caritativo lo atendió de su mal y logro sanar. Otros vecinos le daban alimento y cariño

La chamacada (los pibes o los chicos) le comenzó a decir “El Taliban” por su bravura.
Cuando algo no le gustaba hacia relucir su blanca dentadura con un gesto de “te detienes o te detengo”.
Este personaje llamado el Taliban se convirtió en el respeto de la cuadra, nadie osaba pasar por ahí si no tenía negocio en ese sitio.

Lo bueno y lo malo de ser como el Taliban:

Era bueno que el Taliban cuidara e hiciera sentir que estaban protegidos, pues en ese tiempo nadie osó robar en esos lugares, aunque alrededor de ahí si se suscitaban robos continuos. Lo malo del asunto era que no sabia de quienes cuidar el barrio. Para él… todo el que no vivía en ese sitio era sospechoso y lo agredía, así que era difícil recibir visitas de familiares o amigos, y mucho más difícil que vendedores ambulantes o prestadores de servicios se aventuraran a llegar a esas viviendas.

Solía sentarse en la entrada de la cochera de un vecino con la firme determinación de no permitir a nadie que osara acercarse ahí sin el consentimiento de los inquilinos.
Un día, paso un señor vendedor de los que utilizan a sus niños para causar lástima. Llevaba una niña que enviaba a tocar las puertas para luego él vender. Llegó la niña y el Taliban le atrapo una piernita y la lastimo, se hizo un gran escándalo por ello y denunciaron al Taliban, a mi juicio a quien debieron de denunciar era al padre por explotar a su niña en vez de enviarla a estudiar.

Cuando llego la dueña de la casa se entero que al pobre Taliban se lo habían llevado y pensaban dormirlo, para evitar siguiera haciendo daño. ¿Qué ironía? Él solamente protegía a quienes le daban algo de cariño y le costaría la vida ese acto. Los niños del barrio pidieron a los dueños de la vivienda que por favor lo rescataran. Los señores hicieron acto de presencia a favor del Taliban y les pusieron como condición que alguien se hiciera cargo de él para poderlo entregar y que se pagara una multa por ello. Los vecinos agradecidos por el favor del Taliban al cuidar sus pertenencias se cooperaron para la multa. Un niño convenció a sus padres de que lo recibieran en su hogar.

Cuando fueron por él, se le llenaron los ojos de un brillo especial, de agradecimiento y contento. Desde entonces el Taliban ya no estuvo en la calle sino en el patio de esos vecinos, hasta que un día se enfadaron de tenerlo y lo mandaron dormir.

Querido lector te dejo con esta anécdota a ver que te parece.

Hasta la proxima


Celia Rivera Gutiérrez
Cd. Obegon Sonora, México
Julio 7 del 2009

2 comentarios:

hatoros dijo...

ME PARECE INTERESANTE Y TOTALMENTE VERDADERA PORQUE HOY EN DÍA LO QUE NO VALE DESPUES DE SERVIRNOS SE TIRA
UN ABRAZO, CELIA

Christian dijo...

HOLA CELIA, ME GUSTO LEERTE ES INTERESANTE Y REAL TU ESCRITO, ESPERO VOS ESTES BIENN, TE DEJO UN ABRAZO Y MI DESEO DE QUE TENGAS UN BUEN DIAAA.

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